Tradicionalmente, los habitantes de las zonas montañosas del norte de Nicaragua fueron ignorados por el desarrollo de infraestructuras modernas. La Asociación de Trabajadores de Desarrollo Rural cambió las cosas, al garantizar, por primera vez, acceso a electricidad y agua potable a la población local. Hoy, la Asociación también está generando suficientes ganancias de la energía hidroeléctrica para financiar proyectos de desarrollo en la región por un valor de 300 000 dólares estadounidenses.

La Asociación de Trabajadores de Desarrollo Rural se fundó cuando el ingeniero estadounidense Benjamin Linder se trasladó a Nicaragua en 1985 para ayudar a las comunidades a construir el primer proyecto hidroeléctrico en la región de San José de Bocay. El asesinato de Benjamin por parte de rebeldes de la Contra provocó una revuelta local e internacional, que no solo desembocó en el establecimiento de la asociación, sino también en un nuevo planteamiento sobre el desarrollo de la región.

Instalación de los postes eléctricos.

La asociación ha logrado muy buenos resultados a la hora de movilizar a los habitantes de la región, incluidas las mujeres, para que participen en una serie de proyectos y se apropien de ellos. Además de varios proyectos microhidroeléctricos a escala comunitaria que han proporcionado electricidad en la zona por primera vez, el proyecto de la pequeña planta hidroeléctrica de El Bote, ubicado entre El Cuá y San José de Bocay, suministra energía suficiente para satisfacer la demanda actual en la región, además de un excedente significativo, que se vende o exporta a la red nacional a un precio de 6,8 centavos por kWh. Dentro de tres años, se dispondrá de otros 300 000 dólares de ingresos para reinvertir en futuros proyectos de desarrollo en la región.

Antes de que se construyera esta planta, muchas generaciones de familias nunca habían tenido acceso a la electricidad. La planta se ha convertido en un motor que está impulsando la próspera economía de El Cuá. Además, los sistemas de agua potable conectados con la hidroeléctrica, que canalizan los valiosos recursos hídricos de las montañas, han facilitado a las familias de la región acceso a agua potable. Hasta la fecha, se han efectuado 13 instalaciones separadas en distintas ciudades de la región. Antes de disponer de esta fuente, las familias solían depender del cauce contaminado del río Bocay para conseguir agua, tanto para beber como para cocinar y otras necesidades del hogar.

“Este proyecto atendió las necesidades básicas de agua y energía con una gran cantidad de mano de obra local voluntaria y mediante una supervisión democrática local basada en la apropiación por parte de la comunidad.”
– David Sogge, evaluador de Ciudades Transformadoras

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